Que salga el indio y todo el año es carnaval!
Yo lo cargo, porque está recién separado, en ese limbo en que no sabés si llamar, si esperar, si no vas a volver a verle la cara al otro.
-Vas a cantar “debería chequear mi contestaaador”.
Nos reímos y antes de que me arruinen a mí me hago cargo de que yo voy a saltar con aquello de “boqueando y sonriendo”. Un poco sin hacernos cargo queremos que el año termine. Vamos a ver al indio a La Plata.
Queríamos entradas para el sábado pero llegamos tarde. Dimos vueltas, nos llamamos mucho por celular para decidir lo que íbamos a hacer de todos modos y ya es domingo.
-Quiero ir a sentirme una cucaracha- Me había dicho p. Hace meses que el viento no sopla mucho a favor. Vamos a sacarnos la furia.
Que salga el indio y todo el año es carnaval!
Llamo por teléfono a mi hermana: escuchá mi regalo de cumpleaños, le digo, y salto con el celular en la mano: Vamos re-dondos!
-¿Viste?
-Es impresionante- Mi hermana nunca vino -Ponelo de nuevo. Me tiento: listo, aguantá que pongo play.
Dicen que están a veinte metros del escenario. Les digo que se paren. Eso no son veinte metros, con toda la furia quince. Pero yo me quedo acá. P no quiere: cuando empiece es un bardo. El aviso se multiplica en todas las parejas aledañas. Bueno, pero al menos vamos a ver donde quedamos, insisto. La previa llega a una tensión exagerada. Al frente hay un pelado, y un agite impresionante. A la derecha –cómo no- aparece un evidentemente supercana. A la izquierda un presidiario viejo. Al frente un pibe de bigotito. Desde adelante viene un ruliento de pelo largo.
-Eh loco, aguante, la reconcha bien de su hermana!
Se encienden cincuenta sensores que lo miran. Parejitas, embarazadas, pendejos muy tranca sentados en el piso levantan las orejas.
-¡Hijos de recontra mil puta al cubo! ¿Venimos a ver al Indio o no?
-¿O no somos peronistas? Le digo a P, y en ese preciso instante el ruliento grita:
-¡Aguante Kirchner!
Nos encontramos en las pantallas de espaldas. La previa, de verdad, es exasperante. Veo al pelado, al ruliento, al cana, al pibe de bigotes. Hay mucho, pero mucho, el que no salta es militar. ¡El cana no puede ser tan evidentemente cana! Mira de costado y para abajo, que alguien le diga algo, por dios! Y no salta.
Mamá yo quiero, mamá yo quiero
Yo quiero que salga el Indio
Que salga el Indio
Que salga el Indio
Que salga el Indio y todo el año es carnaval
A las 22 y 5 es la maroma. Esas violas se llevan el mundo por delante, y si el mundo es de ricota no es menos cierto que te lleva puesto aunque seas un caballo atado a un ombú. El cuerpo me cobra mi trabajo de oficinista. Nunca muevo un dedo y ahora estoy saltando como una descontrolada desde las 19. Me agarra pánico de la asfixia. Vamos, le digo a P. El salta sonriente con “un tipo remilgado, un garabato que”. Me esfuerzo porque me mire y le ruego y ordeno:
-Sacame de acá-. Se da cuenta de que es en serio.
Nunca voy a entender cómo lo hicimos tan rápido. Ir medio descompuesta entre una masa comprimida y feliz es una experiencia que sabés que está zarpada, pero si te dicen “hacela de vuelta” no te dan ganas. En un momento me convenzo de que lo mejor es que me desmaye para salir de ahí. Alguno me ve a punto de caer y da la orden mágica: Abran! Una gran oportunidad para creer que existe algo así como la Responsabilidad Social de Masas. Así caminamos como quince metros, y cuando creo que son lo más solidario del mundo, otro muro que cuesta pasar. Llegamos al final del campo, donde se escucha y se ve jamón. Me doy vuelta, mirando al escenario, y me dispongo mágicamente a seguir saltando cuando veo a p que está descompuesto. Le digo algo que no me explico ni entonces ni ahora:
-¡Perdoname!-
El corazón le explota, aunque sobrevive. Bailamos rocanrol, pero como yo no sé bailar rocanrol lo bailamos saltando. Demasiado para la oficinista. Pasa uno que vende coca y no nos importa que la venta sea a mano armada. Pero quiero decir; en serio no nos importa.
A simple vista me da la impresión de que hay menos banderas que otras veces. A simple vista creo que vine a sentarme en el sector kinder de las plateas, hay muchos chicos con sus padres y una vieja que entró del brazo con su hijo veinteañero. En el campo está el de las muletas que siempre lo ves en el pogo de jijiji.
Lo que voy a poner así de tonto como suena son las sonrisas. A lo largo del vallado decían con megáfono: adelante chicos, con las entradas en la mano y sin perder esas caras de felicidad. Esa rompió la diferencia con los recitales en el interior. Ponele, cuando vas al interior la gente del lugar sale a pasear en auto, saca fotos, te dicen chicos, te prestan el baño y te corresponden la sonrisa. En La Plata ya estaban mucho más preocupados porque no se acampe, por los estacionamientos y por subrayar que está claro que la ciudad no está preparada para este tipo de eventos. El domingo 21 parecía que ahí no vivía nadie, estaban todos re atrincherados. Al día siguiente leí en un diario que una vieja se quejaba: “Sí, acá se rompió una botella en la puerta. Esté bien, la juntaron, pero no es el caso”. Loco, te juntaron la botella… no rompas las bolas!
La cosa estalla definitivamente con Tu infierno está encantador. El tema lo venían tocando, pero cuando arranca todos se agarran la cabeza. Yo, que no lo venía deseando, también. Tienen algo en cómo lo hacen, los tipos suenan impecable, con algo de indiscutible, enfierrados hasta los dientes.
¿Y cómo contás lo trillado? A mí me gusta. Por eso E me cuenta cuántos temas estuvo adelante, cómo terminó abrazado con un tipo en jijiji al que confundió con el hermano, y yo le presto más atención que si me estuviera hablando de problemas cardiológicos. Estuvimos alrededor de la bengala, me dice, como si fuéramos… los indios alrededor de la fogata. A mí el recital me quedó en el cuerpo hasta el 25, tenía los brazos llenos de toda la gente que me sacudió cuando salí del campo.
Las luces y las pantallas te flashean
No me da por el sectarismo, ni soy del que se vuelvan a juntar. Pero como seguro les pasa a los ortodoxos, me tira por pasar la mirada del escenario al público y disfrutar de verlo. Si eso es la futbolización, bienvenido sea.
Y sí, voy a decirlo, escuchar juguetes perdidos ahí hace que se te caiga el culo. Me siento una cucaracha con la leve sensación de ser un pensamiento.
Pero veo al tipo en el escenario. Cada vez que hable no se le va a escuchar nada, y no sé si pidió esas disculpas de siempre por la voz que no acompaña. Y claro que me pregunto qué pensará, pero no me voy a ir a comprar una revista. Me llena un poco ¿no? Siempre hay una moralina acerca del tipo que trabaja en soledad lo suyo, o que vive encerrado, o no sé qué por el estilo. Que se juzgue, o que a alguien le importe, eso no me entra. La cosa es lo que estamos pasando ahí, o sea, todo lo que no conté acá. Que sigan los recitales, en tiempos como estos quiero-necesito-me gusta- que haya carnaval. Amén.